Don Camilo (1952, Julien Duvivier)

Cuando empecé con estos análisis de películas clásicas italianas, sobre todo neorrealistas y postnearrealistas, mis padres me recomendaron una serie de películas en las que el protagonista era un cura. "¿No has visto nada de Don Camilo?". "No". "Pues deberías, están muy bien". Pues vale. Pensé en el libro que había leído sobre el neorrealismo y ni la comentaba. Tiempo después, y con la atención que necesito prestarle a la escritura y al blog, decidí verla.

La película arranca con unos planos aéreos que nos trasladan a un pueblecito, Brescello, al norte de Italia. Allí, encontramos a Don Camilo (Fernandel), un cura amante de las tradiciones, buena persona, y temeroso de Dios (habla con el Cristo del altar y éste le responde) y de los comunistas, liderados por su archienemigo, el alcalde Peppone (Gino Verci), un hombre corpulento, basto y de pocas luces. Es la Italia de los cincuenta, un país con una situación convulsa que intenta sobreponerse al régimen fascista de Mussolini a través de una revolución comunista. Para Don Camilo esto supondría su fin, y el de su parroquia, a la que sólo asisten las clases nobles del pueblo, es decir, el cacique que vive con su madre y carga una escopeta por si es asaltado por los chiflados comunistas. Así es la tensión con la que vive el pobre cura. Con este planteamiento el espectador convive el día a día de dos personajes totalmente antagónicos y de las situaciones que se les plantean a ambos; como la de bautizar al hijo de Peppone con un nombre comunista, a lo que Don Camilo se opone, consiguiendo que se encarnice aún más el enfrentamiento. A partir de ese momento discuten por todo, incluso llegan a las manos en más de una ocasión, desde el fútbol hasta la relación que tiene la pareja más joven del pueblo.

Lo que más me sorprendió de Don Camilo fue descubrir es que se trata de una saga con siete películas, y una última de 1983 con Terence Hill como el párroco del pueblo; todas ellas basadas en la obra Piccolo Mondo: Don Camilo, de Giovanni Guareschi, escritor humorista y con una biografía controvertida. A la primera película de coproducción franco-italiana le siguieron otras, ya que dieron con la gallina de los huevos de oro, en las que el espectador seguía disfrutando de las trifulcas entre el cura (de nuevo interpretado por Fernandel) y el alcalde (Gino Verci), siendo la última del dúo en 1965 El camarada Don Camilo (Il compagno Don Camillo). Aún quedarían dos películas más, pero estas ya no gozaron del calor del público, quien estaba cansado de este tipo de films costumbristas. Eran los setenta y los espectadores habían cambiado, como los directores italianos, que ahora eran mucho más experimentales.

Don Camilo es una película para disfrutar y para guardar con cariño. Retrata perfectamente el nacimiento de un nuevo orden mundial, con estratos sociales que necesitan ser renovados o que deben desaparecer porque ya no tienen sentido. Son el cura y el alcalde dos personajes de la misma moneda, la cara y cruz que representaron la Italia de los cincuenta; y aunque han intentado exterminarse a la largo de medio siglo siguen, con más o menos altercados, conviviendo en armonía. El final de la película resume perfectamente ese tipo de simbiosis de "sin ti pero contigo".